Lo que aprendí viajando (y que ahora horneo)
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Ven, siéntate un rato conmigo. Tengo las manos llenas de harina, hay cebolla caramelizándose despacio en la olla de al lado y quiero contarte una historia.
Hay sabores que se te meten en la memoria y no se van. A mí me pasó en Buenos Aires, cuando tenía veinte años y llegué a estudiar gastronomía sin saber muy bien qué me esperaba. Lo que encontré fue una ciudad entera organizada alrededor de la comida: pizzerías en cada esquina, delivery a cualquier hora, y unas empanadas — más chicas que las nuestras, dobladas distinto, con mil rellenos posibles — que me volaron la cabeza. Probé de todo tipo de precio y calidad, y me hice fanática sin remedio. Mi favorita, siempre, la de queso y cebolla.
Cuando volví a Chile no podía dejar de pensar en ella. Así que me puse a recrearla, adaptándola a nuestro paladar: cociné la cebolla lentísimo hasta que se puso dulce y oscura, elegí un queso mantecoso que se derritiera bien, y hasta la doblé como se dobla allá, distinto a como se doblan las nuestras. Le puse nombre de persona, porque para mí es eso — Matilde. Y desde el primer día que la vendí, no ha soltado el primer lugar.
Te cuento esto porque creo que la comida es la forma más fácil de viajar sin moverte de la cocina. Un sabor te devuelve a una calle, a una mesa, a una versión tuya que todavía no sabía bien quién iba a ser. Y este espacio — este rincón del sitio — quiero que sea justamente eso: un lugar donde hablemos de viajes, de recetas que me robé o que inventé, de lo que se cocina detrás de cada pedido que sale de acá. No es solo el catálogo. Es la cocina completa, con las puertas abiertas.
Si te dan ganas de probar a qué sabe Buenos Aires adaptado a Chile, las Matildes están siempre disponibles — pero honestamente, aunque no pidas nada hoy, me encantaría que te quedaras un rato por acá. Cuéntame en los comentarios (o escríbeme directo): ¿cuál es el sabor que a ti te transporta a otro lugar?
Un abrazo desde la cocina, Elisa